La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

Microrrelatos

La librería de viejo

Ajena al paso del tiempo y como petrificada en aquel recóndito lugar, se encontraba la entrañable librería de viejo, insoslayable a la curiosa mirada del viajero. Rincón mágico sembrado de historias y misterio que poblaban mis sueños infantiles, provocando una extraña efervescencia en mis sentidos. El intenso olor a libro inundaba la estancia, adornad por una enigmática escalera de caracol, que parecía toca el cielo. ¡Qué placer cuando abría alguna de esas joyas literarias de páginas polvorientas de color ocre que encendían mi imaginación, abriendo las puertas al mundo de la fantasía!

La infancia

¡Qué sonrisa aquella, cargada de triunfo, de anhelos insaciables! ¡El mundo entero encerrado en aquel indescriptible gesto! ¡Qué bello es vivir! Su pequeño cuerpo, con gentil gracia, corretea alegremente intentando atrapar una bella mariposa y deja escapar una sonora carcajada. Su apasionado corazón se abre a un mundo nuevo lleno de secretos. El tiempo se para en el juego infantil y parece interminable. A veces, un reflejo de enojo frunce su ceño, para dejar paso a una nueva oleada de infinito alborozo.

Nostalgia

La mirada ausente, dulcemente triste. Los ojos cubiertos de esa blanquecina pátina de la senectud. Un vago recuerdo asoma a su mente. ¿Dónde quedó el tiempo que devoró ansioso los tiempos felices de su juventud? Un regusto amargo se asienta en su boca y un dolor agudo palpita en sus sienes, perlando sus ojos. ¿Por qué el aire fresco que golpea su rostro no arrastra al fantasma que lo hace penar?

El examen

He pasado la noche en vela. Llevo meses estudiando para el cruel examen que absorbe  mis pensamientos día y noche. Ya ha llegado el día, el infernal día en que se pondrán a prueba mis conocimientos. Mi voz interna me dice que tengo que hacerlo perfecto, lo he estudiado todo exhaustivamente, a conciencia, no puedo fallar. Pero un intenso escalofrío recorre todo mi cuerpo, la angustia me oprime el pecho y apenas puedo respirar; tengo ganas de llorar y un fuerte dolor constriñe mi vientre. Recojo el examen con mano temblorosa e intento tranquilizarme pensando qué puede importar un estúpido examen; si merece la pena ponerme enferma por similar nimiedad. Sin embargo, tengo miedo, pánico, terror… ¡ Si pudiera entender los entresijos de mi mente!

Mi perro

Aún  recuerdo la calidez de aquellos ojos aterciopelados color miel. Mi compañero fiel, mi amor eterno. Juguetón y tierno igual que un niño. Siempre atento a mis movimientos; incondicional consuelo en mis peores momentos y alegre en mis horas felices. Acurrucado en mi regazo, acariciaba su suave y algodonoso pelo, mientras dormitaba mecido por los brazos de Morfeo. Sus cortos y nerviosos ladridos formaban parte de nuestro lenguaje secreto lleno de gestos y miradas cómplices que sólo entendíamos los dos y que siempre conservaré en mi memoria, a pesar de su larga ausencia.

La flor de mi ventana

 Al despertar, todavía con los ojos entornados, observo absorta la fragilidad y altivez de la pequeña flor de mi ventana. No conozco su nombre, pero adoro su delicioso aroma y el suave roce al contacto con mi rostro. Sé que pronto caerán sus pétalos marchitos, pero yo seré feliz recordándola, tan delicada y poderosa al mismo tiempo, capaz de remover en mí el fuerte impulso del amor por las pequeñas cosas que forman parte de la vida.

La indigente

Sentada en el gélido suelo de baldosas grises discurría su rutina diaria, abrazada a un pequeño y sucio bulto que acogía sus escasas pertenencias. Una andrajosa capa envolvía su enjuto cuerpo, y apenas si dejaba ver su macilento rostro, junto al que se acurrucaba un escuálido minino de ojos tristes y mirada asustadiza, al igual que la de su dueña. Aquella anciana mujer formaba parte del paisaje, sin que ningún viandante reparase en ella. Me acerqué un poco, despacio, y quise acariciar sus pequeñas manos surcadas de profundas grietas; todo su cuerpo se estremeció dejando escapar un ligero sollozo, venido de muy lejos. Sus ojos inquietos y su mirada ausente parecían pertenecer a un mundo distinto, al que había huido hacía mucho tiempo intentando escapar de las garras de la soledad, el dolor y el tiempo.

La sonrisa

Nada es tan grandioso como el inmenso poder de una sonrisa. Ese gesto que invita a celebrar que estamos vivos y nos impulsa a cumplir nuestros sueños y mirar al futuro con ilusión. La sonrisa refuerza el espíritu y el ánimo de la persona que la recibe, y funde en un invisible abrazo a quienes la comparten. Hay sonrisas tristes, de aquellos héroes que, pese al dolor y el sufrimiento, ofrecen el último hálito de esperanza que albergan en sus corazones en ese esbozo de solidaridad y comunión con el género humano. Nadie necesita más este regalo que aquel que se olvidó de sonreír. ¡Brindemos por el milagro de la sonrisa!

El escritor

Desde muy temprano, se oía el incesante martilleo de sus temblorosos dedos sobre la vieja máquina de escribir. La frente fruncida, la mirada endurecida como la de un viejo lobo de mar y un perenne habano apretado entre los labios; la estancia cubierta de un espeso humo que dejaría sin aliento a cualquier visitante poco acostumbrado y un montón de polvorientas hojas de periódico esparcidas por el suelo a modo de alfombra. Cada cierto tiempo, dejaba su labor y recorría la amplia habitación soltando improperios y haciendo bolas de papel con lo previamente escrito. “Te exiges demasiado”, le solía decir su adorable esposa antes de fallecer, hacía unos años. Su carácter se había vuelto rudo y solitario y, en ocasiones, la severidad de su rostro se tornaba en pesar y desaliento; entonces, cogía con mucho cuidado el antiguo baúl que adornaba su escritorio y lo apretaba fuertemente sobre su pecho; luego, lo abría y releía una y otra vez la entrañable carta de despedida que le había dejado su amada Julia, o “la pequeña Jul”, como él la llamaba cariñosamente.

La despedida

Ya sólo faltan apenas unos minutos, ha llegado la hora de la despedida. Los recuerdos se agolpan en su mente, se le hace un nudo en la garganta y su respiración se vuelve agitada. Abre la ventana e inspira profundamente el aire fresco de la mañana. En su memoria, se dibujan los rostros amigos con los que tan entrañables momentos había compartido. Cierra los ojos y recorre aquellos mágicos lugares donde el tiempo se detenía, disfrutando el placer del infinito. Una fuerte punzada se clava en su estómago. Las viejas maletas están preparadas y su marcha será inminente. Un taxi lo espera en la puerta. Después de cargar el equipaje, se sienta en el asiento trasero donde puede ocultar las lágrimas con las que intenta llenar el vacío que tortura su alma.

La lluvia

La lluvia golpea fuertemente mi ventana, las gotas resbalan cual lágrimas de cristal sobre los cristales y espesos y negruzcos nubarrones amenazan con descargar un fuerte aguacero. Apenas si ha amanecido, pero estoy despierta, con los ojos cerrados, escuchando el impetuoso clamor de la indómita fuerza de la naturaleza. Me resulta agradable aquel rítmico sonido que relaja mis sentidos e invita al sueño y al descanso. El olor a tierra mojada trae a mi memoria la fragancia de los bosques, las montañas y los ríos; tan salvajes, hermosos y opulentos. Caigo en un cálido ensueño, vencida por el dulce espejismo de la libertad.