La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

Amanda

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Nunca antes había hablado de ella, me tiembla el pulso cuando escribo estas líneas y mi corazón late tan fuerte que tengo miedo a morir antes de dar término al relato de lo que aconteció cuando desgranaban los primeros días de aquel verano que marcó para siempre mi existencia.

Su cuerpo se hundía en las grises y turbulentas aguas de un mar embravecido. Me precipité, sin pensarlo, hasta alcanzar sus gélidos miembros y, tras una vertiginosa lucha contra las olas, conseguí arrastrarla hasta la orilla. Apenas respiraba y el tiempo se hizo eterno hasta que logré sacar el líquido que anegaba sus pulmones. Entonces, tosió y sus ojos sonrientes me miraron fijamente reconfortando mi espíritu.

Se llamaba Amanda, su mirada era confiada y alegre, dotada de una ingenuidad inusitada. Cualquier insignificante detalle era motivo de júbilo y regocijo para su pueril inocencia. Desprendía tal magia su presencia que bastaron unas cuantas palabras para caer rendido a su encanto. Aún puedo escuchar su llamada y su calor arde en cada rincón de mi alma.

Fueron tan sólo tres meses los que pasé junto a ella, pero tengo la sensación de que únicamente he vivido ese tiempo; el resto, simplemente, he sido un espectro, un muerto en vida o un vivo muerto. Nunca me habló de su pasado, ni yo hice alusión al mío. No fue necesario. Tal era nuestra complicidad que, lo que era apenas un imperceptible gesto para el resto del mundo, constituía para nosotros una completa revelación de intenciones, el lenguaje secreto del amor. Cierro mis pesados párpados y, como ríos de sangre, se agolpan en mi mente los recuerdos de esa vibrante experiencia estival. Evoco su andar pausado, su esbelta y escuálida figura, el rostro de tez blanca y suave como la seda, el iris glauco acogiendo la destellante pupila que me mira con tal fuego que debo apartar mis ojos estremecidos; la voz melodiosa entonando aquella canción cuya letra presagiaba el cercano final:

 

“Oh dulce amor de verano,

bailemos el último vals

antes que llegue el otoño

con su caricia mortal

 

Eran tan cálidos su compañía, su carácter cordial y risueño y sus frecuentes carcajadas que daría el resto de mi vida por tan sólo un día más saboreando sus besos, disfrutando sus caricias, atrapado entre sus brazos, empapándome de su perfume… Ahora sé que me equivocaba, que bajo aquella frágil apariencia se ocultaba una mujer de una enorme valentía y una inteligencia excepcional que supo aprovechar cada instante de su vida con la actitud de quien es plenamente consciente de la fugacidad del tiempo y se enfrenta sin temor a la muerte.

Sabía que iba a morir, la enfermedad devoraba su cuerpo, que quiso entregar al mar. Pero no contó con mi presencia y, pese al fallido intento de acabar con su vida, aprovechó la oportunidad que ésta le brindaba junto a mí; al que hizo el ser más feliz de la tierra, al que se entregó con toda la generosidad y pasión de que puede hacer acopio un ser sobrehumano como era ella, mi dulce Amanda, mi bella y tierna amada.

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