La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

Saturnina

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En honor a su peculiar forma de expresarse, he de decir que Saturnina, mi maestra, era “muy muy excéntrica” y “muy muy insufrible”. Para ella, todos y cada uno de nosotros, “los malditos diablillos”, como nos llamaba, tenía un “muy muy”: “Ese pequeñajo era muy muy zopenco” o aquel otro “era muy muy cazurro”.

Los ojos de Saturnina recordaban a los de los besugos que compraba mi madre en el supermercado y tenía un bigote que había heredado de su tatarabuelo, Anacleto, apodado “el brocha”, no sé si debido a su tupido mostacho o por su aversión a las brochas de afeitar. Iba vestida a capas, con todo tipo de prendas superpuestas. A veces, llevaba la bata debajo del pijama y otras el abrigo debajo de la camisa, que, a su vez, llevaba encima una rebeca. Ella decía que era para no resfriarse, por alguna extraña razón siempre andaba constipada. Guardaba un pañuelo de mil usos arrugado en uno de sus muchos bolsillos, que, en ocasiones, no encontraba y se veía obligada a usar la manga de la camisa, o quizá era la del camisón. Cuando, por fin, encontraba el mugriento retal, se sonaba la nariz y empezaba a estornudar cada vez más fuerte, si no fuera por lo insólito de la situación, cualquiera pensaría que aquella bola de virus y bacterias era la responsable de su mal. Transportaba una petaca que olía a ron añejo y que, según ella, era el jarabe para la tos. Tenía una especial predilección por los ajos en conserva, que tomaba en el desayuno, almuerzo y cena. Decía que eran buenos para el catarro, y para ahuyentar a todo bicho que se le acercase, pensaba yo.

Si cualquiera le hubiera preguntado si fumaba, habría puesto el grito en el cielo. Pero los maestros más veteranos aún recuerdan cuando una colilla le prendió el refajo y hubo que recurrir a cuatro camiones cisterna para apagar el fuego que desprendía aquella “cebolla ardiente”, lo digo por lo de las capas.

A pesar de los innumerables esfuerzos de su madre por casarla, fue una misión imposible. Todos lo achacaban a que la muchacha no era agraciada, pero yo pienso que los ajos, el tabaco, la particular elegancia en el vestir y su encantador carácter tenían mucho que ver.

Saturnina era nuestra supuesta profesora de lengua; y digo supuesta porque todos poníamos en duda la gran erudición de la que presumía. Según las malas lenguas, la había enseñado a hablar el loro del ferretero, el que a su vez había aprendido de la cotorra de su madre (ruego que me disculpen si no soy muy exacta en mis puntualizaciones, pero cuando el río suena…).

Todos los días, nos dictaba el mismo texto, que ya nos sabíamos de memoria; y si alguien osaba sugerirle algún otro, lo cogía de las orejas y pronunciaba con gran prepotencia: “El que poco abarca, mucho aprieta”, lo suyo no eran los dichos; y se quedaba tan satisfecha pensando que había sentado cátedra.

A pesar de sus extravagancias y el exquisito trato que nos dispensaba, todos la apreciábamos y nunca olvidaremos la fiesta celebrada aquel verano, con ocasión de su jubilación. Pasó toda la velada bebiendo jarabe para la tos y cuando llegó la hora de los postres ya nadie entendía lo que decía. A unos nos dio por llorar, a otros por reír y al resto por imitar su incomprensible verborrea. Más tarde, llegaron los padres y pensaron que era la profesora de chino, algunos intentaban hacerse entender. Nosotros continuamos riendo, llorando…

 

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