La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

Papito, no apto para sensatos

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Si cualquiera de vosotros hubierais osado preguntar a Papito sobre su honorabilidad, sensatez, justicia, cortesía y honradez, éste se hubiera mostrado convencido de reunir todas y cada una de tan fundamentales virtudes. Está claro que el patrón que utiliza mi amo para aseverar semejante cosa difiere bastante al del común de los mortales. Yo, siempre, me mantendré fiel a Papito, como es de esperar de un mayordomo. Aunque he de confesar que lo hago, sobre todo, para salvaguardar mi pellejo.

Como viene siendo la costumbre cada verano, los dos queridísimos hijos del susodicho, Frasquita y Simón, le harán la visita de cortesía que tan entusiasmado espera.

Yo los esperaré en el vestíbulo con el frac, el sombrero de copa y una pomposa reverencia. “¡Buenos días, señores! ¡Papito está listo!”. Y pasarán al lujoso salón, donde mi señor los recibirá sentado en la letrina del cuarto del fondo, que no tiene puerta. “¡Ya mismo termino! ¡Es que ando un poco estreñido!” —dirá sin más reparo. Yo, ya le he insistido en que esas no son formas de recibir a las visitas, pero no me ha hecho caso, nunca lo hace.

Mientras mi amo acaba con la faena, yo serviré el desayuno según sus instrucciones: té de ajo hirviendo con jengibre y pimienta acompañado de una bandeja de ensaimadas del día anterior.

Pronto, se sentarán los señores a degustar tan exquisitos manjares y el mutismo que los acompaña cesará cuando un ataque de tos haga a Papito espurrear, como si de un aspersor se tratase, el té hirviendo sobre sus asustadizas criaturas, que huirán del cretino dragón que expulsa un mar de fuego por la boca. “¡Rodolfo, eres un idiota! ¿A quién se le ocurre servir el té tan caliente?” —gritará con su irónica sonrisilla. Luego, dirá que siente mucho lo ocurrido y los chicos le contestarán: “No te preocupes Papito, sólo ha sido un pequeño susto”. Siempre me he preguntado si los retoños son idiotas o guardan las formas para no indisponerse con el viejo majareta.

Frasquita sacará a Papito a pasear en su silla de ruedas. El viejo finge que no puede caminar pero yo apostaría a que puede hacerlo mejor que ninguno de nosotros. Más tarde, cuando su pequeña se distraiga contemplando los tomates de los calcetines que tiene tendidos en el huerto para espantar a los pájaros, se arrojará al suelo simulando una caída. “¡Dios mío! ¡Me he cargado a Papito!”, chillará histérica, mientras el truhán esconde su risa bajo una capa de lodo negro. Simón y yo acudiremos a recoger al viejo que empezará a gemir como un niño pequeño.

A la hora del almuerzo estarán, de nuevo, sentados en la mesa. Papito se meterá en la boca un huevo pinchado en un mondadientes y se lo tragará de una vez, con palillo incluido. Los dos hijos se mirarán con cara de alelados y soltarán una risa tonta. El postre llegará sin más altercados, pero, pronto, se desatará un huracán en el vientre de mi amo que dará paso a una fétida nube de inmundicia. Frasquita reprimirá una arcada y correrá a abrir las ventanas. “¡Achís, achú!” —estornudará el granuja. “¡Rodolfo, cierra las ventanas y trae el perfumador!” —exclamará, Simón. La mujer medio mareada rociará los flanes con aroma de lavanda.

Una vez acabados los especiados postres, Papito pondrá en marcha el destartalado gramófono y un encantador bolero empezará a sonar: “El que ama no puede pensar, todo lo da, todo lo da. El que quiere pretende olvidar, y nunca llorar y nunca llorar…”. —El viejo canturreará, y sus graznidos harán que los dos pipiolos se tapen los oídos.

“¡Rodolfo, trae a Papito esos tranquilizantes que le recetó el médico!” —ordenará Simón. Pero mi amo que es muy pícaro no se tragará las píldoras y las depositará en sus copas cuando sirva el licor de almendra que tanto les gusta. Los dos cachorros dormirán como angelitos. Mi dueño le quitará a Simón uno de sus preciados habanos y se servirá un vaso de whisky. “Menudos zascandiles estáis hechos. El que ama no puede pensar, todo lo da, todo lo da…” —continuará.

En la despedida, habrá algunas lágrimas y muchos besos. Papito, con todo su chorro de voz, gritará: “¡Os espero el verano que viene!”. Y sus amados polluelos contestarán: “¡Sentado en la letrina!”.

 

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