La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

Las palabras ausentes

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A pesar del tiempo y la distancia, aún me torturan las palabras que no fui capaz de pronunciar. Sólo cuando eres consciente de la fugacidad de la existencia puedes adquirir el valor suficiente para afrontar el miedo y los prejuicios, y apreciar el valor del momento.

La primera vez que la vi fue en la biblioteca, donde yo trabajaba aquel verano. Vino preguntando por su libro favorito: Corazón, de Edmundo de Amicis. Era hermosa, de una belleza peculiar, el pelo caía sobre su frente y sus ojos color avellana me miraban fijamente. Cómo resistirse a esa mirada, apenas si conseguí balbucear una palabra. “Por supuesto, señorita” —respondí atropelladamente.

Sus visitas se hicieron frecuentes y me acostumbré a su sonrisa, el brillo de sus ojos y el dulce timbre de su voz. Me pedía consejo sobre qué libros debía leer e intercambiábamos opiniones y críticas de los volúmenes leídos.

A veces, enfadada por mis disparatados comentarios, lo hacía a propósito para observar su reacción, fruncía el ceño, apretaba los dientes y exclamaba: “¡Qué diantres estás diciendo! ¿Has perdido el juicio?”. Pronto, se percataba de la broma y su contenida risa estallaba en una sonora carcajada.

Inés pasó a formar parte de mi vida y yo esperaba ansioso nuestros encuentros literarios, acompañados de una caliente y humeante taza de café.

Era una mañana gris, la lluvia no daba tregua y una espesa niebla cubría las estrechas callejuelas que circundaban la vieja biblioteca. Sonó el tintineo de la campanilla que avisaba de las visitas, levanté el rostro y allí estaba ella. La mirada triste, el cabello mojado y su voz temblorosa me sobrecogieron: “Me marcho esta madrugada, me han concedido la beca para estudiar en París —dijo, visiblemente afectada—. ¿Hay algún motivo por el que deba quedarme?” —continuó con voz quebrada. “Deberías estar contenta por esa buena noticia, ¿no?” —acerté a pronunciar dentro de mi confusión. “Llevas razón, serán los nervios del viaje —dijo, limpiándose dos enormes lagrimones que resbalaban por sus pálidas mejillas—. Vengo a devolverte los libros que tenía en préstamo” —manifestó esta vez, aparentando frialdad. Acto seguido, me besó fugazmente en la mejilla y salió precipitadamente de la habitación, sin darme tiempo a pronunciar palabra alguna.

Desperté temprano, había dormido mal, la inesperada visita del día anterior me había trastornado. La jornada fue dura y no podía pensar en otra cosa que no fuese la marcha de Inés.

Me disponía a cerrar el local cuando algo llamó mi atención en el diario que compraba todas las mañanas. Un avión se había estrellado y en el accidente no había habido supervivientes. “¡Inés! ¡No puede ser! ¡No debí dejarla marchar!”. El suyo era el único avión con destino a París y todos habían fallecido.

Poco tiempo después, con su libro favorito en mis manos, encontré su nota de despedida:

“Mi querido bibliotecario, y digo querido porque te he amado desde siempre, desde que depositaste en mis manos este entrañable libro. Pero sólo tenías ojos para tus libros. Sin embargo, tú estarás siempre en cada página que lea, mirándome con tu burlona sonrisa. Te estaré eternamente agradecida por abrir mi corazón al mágico mundo de la lectura y la fantasía.

 Por siempre tuya,

 Inés”

“¡Perdóname, mi adorable ángel, he sido un cobarde, te quiero!” —susurré entre sollozos.

 

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