La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

La conspiración

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Hoy siento un profundo desasosiego. Es verano, pero tengo frío. Fue al salir de casa, cuando una sombra, apenas perceptible, seguía mis pasos; aún resuenan en mi interior aquellas aterradoras pisadas. Un intenso escalofrío azota mi alma. Subo al autobús y me acomodo en uno de los asientos traseros, donde puedo divisar al resto de pasajeros. Un hombre, de mediana edad, enormes gafas y un sombrero calado hasta los ojos, se sienta a mi lado y abre un pesado libro. Siento curiosidad y me acerco un poco para ver de qué trata. Mis ojos se quedan petrificados al observar aquella inverosímil escena. Las páginas no tienen texto impreso, todas están inmaculadas. Aterrado, pienso que este es el hombre, el fantasma que me persigue. De pronto, se levanta y se dirige a la segunda fila. Se ha percatado de que he notado algo raro, sospecho. No dejo de vigilar a aquel siniestro personaje.

Un robusto señor de ojos saltones sube al vehículo y vuelvo a tener compañero de viaje. Saca una enorme caja de puros y coge uno de ellos. Lo acerca a sus enormes fauces y da una profunda calada. Menudo majadero, pretende fumar sin encender el habano. “Sabe usted, no hay placer mayor que degustar uno de éstos”, masculla como si hiciera anillos de humo. No puede ser, a éste lo han enviado para que me distraiga; pero no lo conseguirán. “Me está molestando el intenso humo de su condenado manjar”, le advierto, y mi rostro adopta un color purpúreo. El chiflado se marcha para sentarse en la primera fila. ¿Qué será lo que maquinan estos actores de pacotilla?, me pregunto. ¡Vaya fichaje que ha hecho el capo de la trama!, resoplo secándome el sudor de la frente.

Percibo un ligero alivio cuando una enjuta ancianita ocupa, de nuevo, el concurrido asiento. “Señora, ¿no ha notado algo extraño en alguno de los pasajeros?”, le interrogo en apenas un susurro para que no puedan oírme. “Aquí todos somos maravillosas personas, cada uno vive su vida sin molestar a nadie. Es usted el que está incordiando con esa estúpida manía persecutoria”, responde esbozando una irónica sonrisa. Esta inesperada reacción provoca un molesto tic en mi labio superior. “¿Podría decirme su nombre?”, pregunto impulsivamente. “Soy Cornelia, reina de Chaladón, y he venido a salvar la Tierra”. Una irrefrenable convulsión sacude mis miembros. “¡Déjenme bajar! ¡Quieren matarme!”, grito. Mientras, dos de los secuaces con batas blancas me obligan a tragar una maldita píldora. “¡Atrapen a estos lunáticos malhechores!”, continúo; y mis pesados párpados caen hasta cerrarse.

El autobús ha llegado a su destino y los viajeros a su hogar, un enorme edificio presidido por una gran escalinata y rodeado de una espesa arboleda.

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