La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

“El Compromiso”

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Camino a paso rápido, quizá, inconscientemente, lo hago para mimetizarme con la bulliciosa Gran Avenida. Tipos enchaquetados con maletín de piel y cabello engominado, oficinistas sometidos al frenético ritmo de la burocracia, dependientes, agentes de comercio, empleadas de hogar…Todos ellos se dirigen con paso firme y certero a sus destinos perfectamente planificados. Se me antojan autómatas sometidos a una incesante rutina. Esta barahúnda contrasta con el enorme vacío que inunda mi alma, cual sanguijuela que amenaza con aniquilar mi torrente sanguíneo.

Pronto, llegaré al lugar donde pasé los mejores años de mi vida y los recuerdos aliviarán este insufrible hastío.

Era apenas una chiquilla cuando atravesé las puertas del reputado periódico “El Compromiso”. “Quiero hablar con el gerente”, dije elevando el tono de voz. “No está permitida la entrada, señorita”, obtuve por respuesta. Pero yo era demasiado testaruda y orgullosa, y tras una incesante súplica, algunas lágrimas y un puñado de mentiras sobre mi identidad, conseguí que el director, no sin cierta extrañeza, me recibiera en su despacho. Fermín era un hombre de unos cuarenta años, de elevada estatura, cabello cano y ojos sonrientes.

—Así que eres mi pobre sobrina huerfanita —pronunció esbozando una irónica sonrisa.

—Bueno, verá, señor, yo necesitaba verle y… —contesté sonrojándome.

—Al grano, señorita —continuó con desinterés.

—Vengo a pedir trabajo, quiero ser redactora, la mejor.

—Vaya con mi sobrinita. Está bien, pero tendrá que superar unas cuantas pruebas —dijo soltando una sonora carcajada.

En aquella época, yo era una voraz lectora y había dado clases de mecanografía. Pasé las pruebas sin mucha dificultad.

Aquel hombre era difícil de describir. A su severidad y perfeccionismo se unían una humildad y bondad fuera de lo común. No sólo aprendí un oficio sino valores como la amistad, la lealtad y el compromiso, que Fermín destilaba por cada poro de su piel. Amaba su trabajo y, nosotros, los trabajadores, éramos su única familia después de enviudar sin descendencia.

El azote de la crisis acabó arruinando al que fue mi refugio durante casi veinte años; mi amado periódico “El Compromiso”.

Una fría mañana de octubre, Fermín me citó en su despacho:

“Mi querida amiga, me marcho mañana a Europa. Acepta este regalo de despedida” —dijo extendiéndome un pesado paquete—. Por favor, no lo abras hasta llegar a tu hogar”. Después, me abrazó fuertemente y sus ojos se inundaron de un mar de lágrimas.  Le insistí en que me escribiera; él era mi mejor amigo y necesitaba saber cómo se encontraba.

Con la mirada de Fermín clavada en la memoria y un fuerte nudo en el estómago, abrí el pesado bulto. En mi vida había visto tanto dinero junto. No podía aceptar ese regalo. Me precipité hacia la puerta de salida y corrí hacia el ilustre edificio. Cuando llegué al periódico, encontré a los trabajadores con fajos de billetes envueltos en papeles de similares características al que yo había recibido. “¿Dónde está Fermín?”, pregunté. Sus caras incrédulas me miraron con ojos desencajados. “¡Se ha marchado!”, exclamaron al unísono.

El tiempo pasó sin recibir noticia alguna. Intenté indagar sobre su paradero, pero había desaparecido como alma que se lleva el diablo.

Mucho más tarde, me enteraría de que había vendido todas sus pertenencias para obtener el dinero que aseguraría el futuro de su familia, los trabajadores.

Una densa bruma invade la calle. Observo el rótulo caído del desvencijado edificio. Las alimañas se han adueñado de él. Tiene un aspecto siniestro. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Ya no queda nada de aquel insigne edificio. Hace diez años que no he vuelto a verlo. No he sido capaz hasta hoy. Un anciano indigente duerme en la entrada principal, envuelto en viejas y sucias mantas.

Es verano, han pasado los meses, pero no he conseguido borrar de mi mente esa terrible escena. Enciendo el televisor. Han hallado muerto a un mendigo, al parecer se trata del antiguo dueño de “El Compromiso”, el afamado periódico. El hombre dormía desde hacía tiempo en sus instalaciones; vestigios de un pasado remoto difícil de olvidar para los que lo conocieron. Apago el televisor, no puedo seguir escuchando, me siento mareada; antes de caer inconsciente, veo la cara de mi amigo, me guiña un ojo y sonríe: “Adiós, mi querida sobrinita”.

 

 

 

 

 

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