La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

El alquiler

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El verano siempre ha sido mi estación favorita, pero este año es diferente. Cambio de lugar, compulsivamente, los objetos que encuentro a mano. El antiguo cuadro con la mujer de ojos tristes pasa a ocupar la esquina opuesta y la elegante estilográfica desaparece en el primer cajón del secreter de caoba. No lo puedo evitar, este ritual alivia mi caos interno. Me dejo caer en el vetusto balancín junto a la ventana, cierro los ojos y escucho el rumor de la brisa que golpea las contraventanas y el incesante trino de los pajarillos.

Después de largos años de estudio en la Universidad, comenzó mi particular pesadilla laboral: comercial de enciclopedias a domicilio, camarera en sucios garitos, paseadora de perros, “mujer anuncio” y un sinfín de puestos varios que prefiero no recordar.

Necesitaba huir, escapar de aquella infernal rutina. Con los escasos ahorros que poseo, he alquilado una habitación en un desvencijado caserón de las afueras. El propietario es Damián, un viejo de piel cetrina, rostro apergaminado y la indolencia del desengaño en la mirada -quizá producto de su trato directo con la muerte, ya que había sido forense de profesión-; tiene un andar pausado y emana el rancio olor de la senectud.

Los largos paseos en contacto con la naturaleza me aportan serenidad. Contemplo, absorta, los hermosos parterres poblados de camelias. El viejo los cuida con esmero. Por las tardes, me invita a tomar el té. Parece que le agrada mi presencia; ahora, sonríe y su anterior mutismo ha desaparecido. Me habla de su afición por la jardinería y me regala los más bellos ejemplares.

Ha pasado un mes desde que llegué a mi actual retiro, ya no puedo sufragar los gastos del alquiler. Es hora de volver a la cruda realidad, necesito un trabajo.

Estoy sentada en la rústica mesa de madera de nogal del espacioso salón, esperando el humeante y delicioso té especiado con que el anciano me deleitará. Damián trae las aromáticas bebidas servidas en refinadas tazas de porcelana y se dirige a la cocina. Ha preparado un exquisito pastel de manzana. Me siento ansiosa, no quiero regresar a mi inútil e insufrible existencia. Cambio las tazas de lugar y coloco el azucarero en el otro lado de la mesa. El anciano porta el suculento manjar y se sienta frente a mí. Nos sirve un generoso trozo de tarta y me ofrece quedarme más tiempo sin pagar el alquiler, pero no lo puedo aceptar, no quiero abusar de su confianza. Bebo con ansias el dulce brebaje. Damián comienza a hablar con voz queda, mientras apura el último sorbo de su tisana: “No puedes marcharte ahora, eres todo lo que tengo, mi adorable princesa. Tú me has devuelto las ganas de vivir. Tu dulce mirada y esa inolvidable sonrisa serán mías. Te amo y estarás junto a mí para siempre. Pronto hará efecto el veneno y entonces…”.

Su pesado cuerpo se desploma, las cuencas de los ojos se abren como si quisieran expulsar dos enormes bolas de cristal sanguinolentas, de su boca brota una espesa espuma y sus miembros son sacudidos por bruscas convulsiones.

No era la primera vez que había cometido un crimen. El cuerpo de su anterior inquilina, la mujer del cuadro, desaparecida en extrañas circunstancias, fue hallado enterrado en el jardín.

Han pasado varios meses desde el día en que volví a nacer. Ahora estaría muerta si no hubiera sido por mi extraña obsesión. El veneno habría acabado con mi vida de aquella macabra forma. Intento olvidar lo ocurrido consultando las ofertas diarias de empleo. “Se necesita especialista en tanatoestética”. El espantoso rostro sin vida del cruel asesino se dibuja en mi mente. Apago el ordenador. Mañana será otro día.

 

 

 

 

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