La Gloria de las Palabras

Microrrelatos, relatos y poesía

Cigarrillos y rosas

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Solía frecuentar el insigne café de la Gran Plaza. Era joven y bella, de figura esbelta, vestía austeramente y un aura de misterio rodeaba a su persona. Sentada en un velador, acostumbraba a leer el periódico todas las mañanas, mientras bebía su incondicional sorbete de limón acompañado de un pitillo.

Aquel día de verano, recibió una extraña visita cuando realizaba su habitual ritual, acomodada en su rincón favorito. Un tímido muchacho se le acercó, alargándole un paquete cuidadosamente envuelto. “Es para usted”, dijo sonrojándose, “¿Quién lo envía?”, preguntó sorprendida; “Lo siento señorita, pero no se lo puedo decir”, balbuceó el joven, marchándose apresuradamente. Celia, que así se llamaba, abrió con gran expectación aquel inesperado presente; cigarrillos y rosas, ese era el contenido, junto a una curiosa misiva, “Gracias por salvarme la vida”. “Debe ser un error”, pensó sin darle mayor importancia. Aquella escena volvió a repetirse durante varias semanas. La mujer acabó obsesionándose con aquel desgarrador mensaje. Apenas si dormía, y aquella frase le torturaba día y noche.

Paseaba por las inmediaciones de un inmenso acantilado, venía de las fiestas del pueblo y la solitaria estampa de un niño sentado al borde de una roca llamó su atención. Se dirigió con apremio al peligroso lugar y reconoció al desgraciado chiquillo al que todos insultaban en el colegio. Una perversa enfermedad había desfigurado su rostro. “Ya no volverán a meterse conmigo”, musitó, rompiendo en sollozos. La pequeña lo abrazó fuertemente y le susurró al oído: “Tú eres un ser extraordinario, no hagas caso a esos malditos enanos. Has aprendido a convivir con el dolor y el sufrimiento; eso te hará más fuerte y poderoso para conseguir todo lo que te propongas”, y le entregó un puñado de cigarrillos y rosas que habían repartido en la celebración. Una enorme sonrisa se dibujó en la marcada carita infantil y apretó con dulzura la mano de la chica en señal de agradecimiento.

Celia se despertó sudorosa, todo su cuerpo temblaba y las lágrimas recorrían sus mejillas; estiró el brazo y cogió el periódico que tenía en la mesilla. Era él, profundas cicatrices surcaban su faz y, pronto, reconoció aquella inolvidable sonrisa. Bajo la imagen, rezaba que el rico magnate de la ciudad era el nuevo propietario del ilustre edificio que albergaba su amado refugio matutino.

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